Trump abandona España

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Hay momentos en los que un país empieza a darse cuenta de que algo se ha roto. Y cuando se rompe la política exterior de una nación, las consecuencias no se ven en un día, pero acaban llegando. Hoy España vive uno de esos momentos.

Durante décadas formamos parte de un bloque claro: Occidente. Nuestros aliados eran Estados Unidos, los países europeos, las democracias con las que compartíamos valores, intereses y seguridad.

Pero esa posición se ha ido deteriorando.

Primero fue el distanciamiento progresivo con socios europeos. Después la pérdida de peso político en la Unión Europea. Y ahora llega algo que debería preocupar seriamente a cualquier ciudadano: la ruptura del entendimiento con Estados Unidos.

Las palabras de Donald Trump han sido contundentes. Ha calificado a España como “un aliado terrible” y ha anunciado la ruptura de acuerdos comerciales. Al mismo tiempo ha recordado que España fue el único país que se negó a elevar el gasto en defensa al 5 % del PIB dentro del marco de la OTAN.

Eso, en política internacional, tiene consecuencias.

Pero lo realmente preocupante no es solo el comercio. Lo grave es lo que puede venir detrás: la cooperación en materia de seguridad e inteligencia.

Durante años, la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado ha dependido en gran parte de la colaboración entre servicios de inteligencia de distintos países. Cuando esa cooperación se rompe, un país pierde acceso a información clave.

Y eso significa algo muy concreto:
si una célula yihadista se mueve en Europa, si una organización criminal opera en nuestro territorio o si una amenaza internacional se dirige hacia España, la información puede dejar de llegar.

Ese es el riesgo real del aislamiento.

Mientras tanto, el Gobierno español ha ido acercándose políticamente a regímenes que poco tienen que ver con las democracias occidentales. Irán, Venezuela, Cuba o China aparecen cada vez con más frecuencia en el mapa de relaciones diplomáticas y comerciales de España.

Al mismo tiempo, España pierde influencia en los espacios donde se decide el futuro del mundo:
la OTAN, la Unión Europea o las grandes alianzas estratégicas.

Y eso plantea una pregunta incómoda.

Si mañana España necesitara el apoyo de sus aliados, ¿quién acudiría?

La política exterior no es ideología. Es interés nacional. Es seguridad, es economía, es influencia.

Cuando un país deja de ser fiable para sus socios tradicionales, cuando sus decisiones lo apartan de sus aliados naturales, lo que queda no es independencia.

Lo que queda es soledad internacional.

Y hoy, lamentablemente, España empieza a descubrir lo que significa estar sola.

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