El silencio de la oposición ante el fraude electoral

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Hay algo que no encaja.

Y cuanto más lo analizas, menos sentido tiene.

Llevo tiempo escuchando denuncias, sospechas, estudios, datos… pero hay una pregunta que, sinceramente, no consigo responder.

¿Por qué los partidos de la oposición no denuncian el fraude electoral?

Hoy lo he hablado con Roberto Crobu. Y su reflexión es tan simple como incómoda.

Cuando el problema no es la prueba, sino la reacción

Aquí no estamos ante una falta de indicios. Ni siquiera ante una falta de debate.

Estamos ante algo mucho más llamativo: la ausencia total de acción por parte de quienes deberían estar liderando esa denuncia.

Porque si alguien tiene interés directo en que haya elecciones limpias, son ellos.

Y sin embargo, no ocurre.

Crobu lo resume con claridad: ha tratado este tema con juristas, analistas y especialistas. Ha investigado, ha expuesto, incluso ha sufrido consecuencias por hacerlo.

Pero ha llegado a una conclusión: no va a desgastarse más si los primeros interesados no lo hacen.

La incoherencia estructural

Esto no va solo de política.

Va de lógica básica.

Si realmente existiera una sospecha sólida de irregularidades, lo normal sería ver:

– denuncias formales
– presión mediática constante
– movilización de recursos
– vigilancia extrema del proceso

Pero no ocurre nada de eso.

Y ahí es donde aparece la contradicción.

Los partidos que deberían estar luchando por limpiar el sistema parecen estar en otra cosa.

La responsabilidad que nadie asume

Crobu lo dice sin rodeos: no tiene sentido que sean ciudadanos, analistas o comunicadores los que tiren del hilo mientras los partidos miran hacia otro lado.

Porque son ellos los que tienen:

– estructura
– recursos
– representación institucional
– acceso a mecanismos legales

Y aun así, el tema no se convierte en prioridad.

El desgaste selectivo

Hay otra clave importante.

Hablar de fraude electoral no es gratis.

Tiene consecuencias.

Censura.

Desmonetización.

Ataques.

Y eso genera un desgaste real.

Pero precisamente por eso, lo lógico sería que quienes tienen respaldo institucional asumieran ese coste.

No delegarlo.

La conclusión incómoda

Al final, la pregunta sigue en el aire.

Y cada vez pesa más.

Si los partidos de la oposición no están dispuestos a defender la limpieza del sistema electoral, ¿quién lo va a hacer?

Porque sin esa base, todo lo demás da igual.

Programas.

Discursos.

Promesas.

Todo pierde sentido si la estructura que lo sostiene no genera confianza.

Y ese es el punto en el que estamos.

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