La nacionalidad española, un valor en riesgo: ¿Se regala a unos mientras se niega a otros?
Observo con creciente preocupación cómo la españolidad de nuestro país se ve atacada y diluida día tras día. España, que es un gran país con una historia brillante, necesita que sus ciudadanos se sientan orgullosos de ser españoles. Sin embargo, lo que vemos es un proceso constante de devaluación de nuestra identidad.
La Ley de Nietos es solo un ejemplo más de cómo la nacionalidad española, que debería ser un valor, se rebaja cada día más. Me llegan innumerables mensajes de ciudadanos que llevan años cotizando y viviendo en España, incluso casados con españoles y con hijos nacidos aquí, a quienes se les deniega la nacionalidad o la residencia. En contraste, se la «regala» a otros, a menudo a quienes nunca han pisado o pisarán nuestro país. Como bien dijo en su día Georgia Meloni: «La nacionalidad italiana no se regala». Aquí, los españoles no podemos decir lo mismo; parece que la nacionalidad española se está regalando, y eso es algo que hay que decir en voz alta. Se ha convertido en un valor devaluado, al punto de que «hoy puede ser español cualquiera, cualquier delincuente».
Un sistema electoral bajo sospecha
La situación se agrava cuando hablamos de procesos electorales. El voto por correo se ha convertido, a mi juicio, en un «huerto de votos cautivos». Es fácil imaginar cómo en un pueblo de 3.000 habitantes, un alcalde puede asegurar su reelección exigiendo «15 votos por correo» a sus trabajadores no fijos o a quienes necesitan una licencia. Esto es una perversión del sistema.
Pero el problema no termina ahí. Mientras a algunos se les deniega la nacionalidad tras décadas de vida en España, y nuestros compatriotas en el extranjero tienen dificultades para renovar su DNI y votar, otros pueden votar sin estar empadronados, como me comenta una oyente. O, como sugiere otra, «los cubanos podrían votar en España aunque no estén empadronados». ¿Alguien me lo explica?
La inacción del Tribunal Supremo y el doble rasero
Resulta «mosqueante» que el Tribunal Supremo no suspenda la regularización que está llevando a cabo este Gobierno, a pesar de las peticiones de la Comunidad de Madrid, Vox, el Partido Popular y particulares. Las demandas están puestas, pero los tribunales son «muy lentos» cuando quieren. ¿Por qué esta lentitud para actuar ante lo que muchos consideramos una traición a la españolidad?
La desigualdad ante la ley es flagrante. Mientras a mi mujer, ciudadana de la Unión Europea con 22 años cotizados, le deniegan la nacionalidad dos veces, se le concede un pasaporte a Begoña Gómez con una celeridad que a un particular «no le hubieran devuelto nada, absolutamente nada». Esto demuestra que «no somos iguales para la ley».
La inmigración y el futuro de España
Se nos dice que los inmigrantes «mejoran la economía» y «contribuyen más a la seguridad social». Pero si esto fuera cierto, ¿por qué hay que mantenerlos con impuestos y no se pueden bajar? La verdad es que «no vienen a traer riqueza» en su mayoría, aunque, por supuesto, damos la bienvenida a la inmigración legal y regulada, a quienes tienen talento y se integran. Pero lo que estamos viendo es una «desintegración de la fisonomía, el perfil de nuestra españolidad».
Me atrevo a advertir, como ya he hecho en otras ocasiones, sobre el futuro. Cuando los musulmanes en España, que ya son 8 o 10 millones y obedecen ciegamente el Corán, organicen un partido político, «tendremos problemas como ya los ha habido en otras ciudades europeas y eso pasará».
El caso del País Vasco: un censo a medida
La manipulación electoral es palpable en el País Vasco. Nuestros compatriotas vascos, expulsados por los asesinos de ETA hace décadas, no tienen ley que les permita votar en su propia tierra. Mientras tanto, Herri Batasuna, los herederos de la banda asesina, ganan elecciones y tienen 195 alcaldías. Esto es posible porque «han limpiado el censo», expulsando a 250.000 vascoespañoles. Pedro Sánchez ha sido el «idiota útil» que ha reforzado esta posición, llegando a calificar a Otegi, «secuestrador terrorista condenado», como «hombre de estado». Esta variación en la escala de valores es una «auténtica barbaridad» que daña profundamente nuestro compromiso con España.
La democracia, la libertad de expresión y la opinión están en peligro. Necesitamos políticos honrados y que defiendan la verdad, no la mentira acumulada que nos venden desde un gobierno indigno. La gente ya «pasa del sistema», de la televisión comprada por el gobierno y de todo este «rollo de manipulación». Es hora de defender nuestra españolidad y la limpieza de nuestros procesos democráticos.

