Denuncian manipulación del voto por correo, sobres del INE y recuentos sin control
La pregunta es sencilla y sigue sin una respuesta limpia: ¿quién controla realmente los sobres cuando llegan al escrutinio? La denuncia que puse sobre la mesa es de una gravedad democrática enorme, porque no hablamos de una opinión ni de una sospecha lanzada al aire. Hablamos de fotografías, de sobres, de salas, de personal que no debería tocar lo que toca y de una Junta Electoral que, según se denunció, no reaccionó como debería ante hechos de esta naturaleza.
Lo dije con claridad: yo mismo he presenciado en Madrid la manipulación de sobres de votación en el INE y, con mi propio teléfono móvil, se hicieron fotografías de lo que estaba ocurriendo. La escena descrita es demoledora: sobres de voto tratados antes de llegar a la urna, abiertos y manipulados en una sala que no formaba parte del circuito transparente que cualquier ciudadano esperaría en un proceso electoral.
Sobres abiertos antes de la urna
La denuncia apunta directamente al INE y al tratamiento de los sobres. Según se explicó, se abrieron sobres sin que quienes lo hacían fueran funcionarios electorales. Y ese es el punto clave: la norma electoral citada no contempla que nadie ajeno a esa función esté abriendo sobres de votación.
“Lo he visto yo, lo he comentado y lo he fotografiado”.
La acusación no se queda en una irregularidad formal. Se habló de una sala clandestina, una sala no oficial donde esos sobres eran abiertos, tratados y posteriormente depositados en cajas antes de ser llevados a la urna. Si ese circuito existe, si ese paso intermedio se produce sin control público suficiente, el problema ya no es administrativo: es democrático.
Porque el voto no es un papel cualquiera. El sobre electoral contiene la expresión política del ciudadano. Si alguien puede tocarlo, abrirlo, clasificarlo o manipularlo antes de su incorporación a la urna, todo el sistema queda bajo sospecha.
El color de los sobres y la posibilidad de conocer el voto
La denuncia añadió otro elemento inquietante: los sobres podían permitir conocer el sentido del voto por diferencias de color. Se citó el caso de Andalucía, donde se habló de distintos tonos de verde según el partido. A partir de ahí, la advertencia fue clara: si alguien puede distinguir el sentido del voto antes del recuento, también puede cambiarlo.
Se dijo con prudencia, pero con contundencia: no se afirmó que ocurriera siempre, sino que el sistema permitiría que ocurriera. Y en materia electoral, esa posibilidad ya debería bastar para encender todas las alarmas.
Los sobres, según esa denuncia, serían entregados después “manipulados, cocinados y abiertos”, depositados en cajas y finalmente trasladados a la urna. Ese itinerario, de confirmarse, rompe la confianza mínima exigible en cualquier escrutinio.
Babel, el censo y el sistema de información
En este contexto apareció también el nombre de Babel, la empresa a la que se atribuyó la gestión del censo electoral y el sistema de información. Se recordó además que se trata de una empresa descrita en el programa como condenada por estafa y fraude.
La acusación formulada es que el sistema vinculado a Babel, unido al tratamiento físico de los sobres, permitiría alterar votos. No se trata solo de quién cuenta, sino de quién gestiona la información, quién tiene acceso, quién controla los procesos y qué garantías reales existen para impedir una manipulación.
Aquí vuelve la frase que recordé en antena, atribuida a Lenin: “No importa quién vote, lo importante es el que cuenta los votos”. Y cuando hablamos del voto CERA y de recuentos fuera del control ciudadano efectivo, esa frase deja de ser una cita histórica para convertirse en una advertencia.
Prohibido grabar, pero luego archivan por falta de pruebas
El círculo se cierra con una paradoja insoportable: no quieren que se fotografíen ni se graben los escrutinios, pero cuando los ciudadanos denuncian, las denuncias se archivan por falta de pruebas.
Lo dije tal cual: si te prohíben grabar dentro y luego te exigen fotos o vídeos para acreditar la ilegalidad, el sistema se vuelve diabólico. Es una trampa perfecta. Se impide documentar lo que ocurre y después se rechaza la denuncia porque no hay documentación suficiente.
Según se relató, tras aquellas fotografías del escrutinio del voto CERA del 23J en 2023, la respuesta de la Junta Electoral fue prácticamente inexistente: “Nada”. Se dijo que allí no había delito, que en todo caso se acudiera a Fiscalía. También se afirmó que muchas denuncias fueron archivadas por falta de prueba, precisamente en un contexto en el que no se permitía grabar.
Esa falta de reacción institucional agrava el problema. Porque ante una denuncia de manipulación de sobres, de apertura por personal no autorizado y de recuentos en salas no oficiales, la respuesta no puede ser el silencio, el archivo automático o mirar hacia otro lado.
Ingeniería electoral o fraude
Hay otra cuestión que me parece especialmente reveladora: el lenguaje. Mientras algunos medios generalistas y dirigentes políticos hablan de “ingeniería electoral”, evitan palabras como pucherazo o fraude. Van con un cuidado extremo.
Lo pregunté abiertamente: ¿tienen miedo de que les señalen como si hablar de fraude electoral fuera una exageración? Porque si lo que se denuncia es manipulación de sobres, imposibilidad de grabar, salas clandestinas, archivos por falta de prueba y sistemas que permitirían alterar votos, el debate no puede esconderse detrás de eufemismos.
Llamar “ingeniería electoral” a lo que se denuncia como fraude es rebajar la gravedad del problema. Y ese tabú sigue existiendo en determinados ámbitos institucionales, periodísticos y políticos.
También se señaló la tibieza de los partidos que, en teoría, serían perjudicados por estas irregularidades. Se dijo que algunos apoderados consideraron impecable lo que otros ciudadanos denunciaban escandalizados. Y se recordó que ningún partido impugnó las elecciones del 23J, pese a las denuncias planteadas.
La democracia no puede vivir sin control
La conclusión es incómoda, pero necesaria: un sistema electoral sin transparencia efectiva deja de ser garantía y se convierte en acto de fe. Y yo no quiero que los españoles tengan que creer. Quiero que puedan ver, grabar, comprobar, fiscalizar y denunciar sin que luego les digan que no aportan pruebas.
El voto por correo, el voto CERA, los sobres, las cajas, las salas y los sistemas de información deben estar sometidos a control absoluto. Si no, la ciudadanía queda indefensa ante quienes cuentan, trasladan, custodian o procesan los votos.
Y en democracia, eso no es un detalle técnico. Eso es el corazón del sistema.
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