El Capitán General de los Tercios advierte de que España camina hacia un “narcoestado”

Puerto de Algeciras con contenedores y vigilancia de seguridad como símbolo del riesgo del narcotráfico en España
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El Capitán General de los Tercios, invitado anunciado en el programa, dejó una advertencia que no conviene despachar como una exageración: “España va camino de ser un narcoestado y formar parte del tercer mundo”.

La frase es dura, pero el debate que abrió apunta a un problema que lleva demasiado tiempo creciendo a la vista de todos: el narcotráfico como amenaza de seguridad interior, de corrupción social y de deterioro institucional. No hablo de terrorismo. Hablo de droga, de puertos, de redes criminales, de jóvenes atrapados por el dinero fácil y de un Estado que, cuando baja la guardia, deja espacio a quienes sí tienen estrategia, dinero y violencia.

Algeciras, el punto que no se puede ignorar

Durante el programa se planteó una petición muy concreta: entrevistar algún día a guardias civiles de peso en Algeciras para que expliquen con detalle qué está ocurriendo allí. No desde un despacho. No desde una estadística fría. Desde el terreno.

Porque Algeciras fue señalado como uno de los puntos clave de entrada de droga en Europa, junto al puerto de Ámsterdam, en Holanda. Esa afirmación obliga a mirar hacia el sur de España con otra seriedad. Allí no se trata solo de incautaciones o de operaciones puntuales. Se habló del peso que tiene el narco en la zona y de cómo destruye mucho más que la salud de quienes consumen droga.

El narco destruye también la idea misma de esfuerzo. Lo explicaba con crudeza uno de los testimonios citados: el mensaje que llega a muchos jóvenes no es únicamente el de la droga, sino otro todavía más corrosivo: ¿para qué estudiar o trabajar si en un negocio ilegal se puede vivir mejor?

Ahí empieza la degradación de un país. Cuando el delito se convierte en aspiración. Cuando el dinero sucio parece más eficaz que el mérito. Cuando la ley pierde autoridad social.

La corrupción normalizada como síntoma

El Capitán General de los Tercios vinculó ese riesgo con una realidad política e institucional más amplia: la normalización de la corrupción. Cuando los casos aparecen a diario y la sociedad empieza a encajarlos como parte del paisaje, algo se rompe.

La advertencia fue clara: España todavía no es ese escenario extremo, pero camina hacia una degradación acelerada si se tolera lo intolerable. Si se asume que nada tiene consecuencias. Si quienes deben responder políticamente no responden nunca.

Se recordó también el caso de la DANA y la crítica a que el envío de ayudas se ralentizara durante tres o cuatro días por cálculo político. Ese tipo de reproche, unido a la percepción de abandono institucional, alimenta una idea peligrosa: la de un Estado que exige mucho, pero protege poco; que cobra siempre, pero llega tarde cuando hace falta.

El desmantelamiento de unidades antidroga

Uno de los puntos más graves fue el referido al desmantelamiento de cuerpos de seguridad antidroga como el OCON Sur en Andalucía, una unidad que, según se dijo, estaba funcionando muy bien. Y la pregunta quedó en el aire: ¿por qué motivo se desmantela algo que funciona contra el narcotráfico?

Esa pregunta no es menor. Si España tiene un problema serio en zonas de entrada de droga, si Algeciras es un punto clave, si el narco corrompe barrios, voluntades e instituciones, lo último que puede permitirse el Estado es debilitar las herramientas que combaten ese fenómeno.

Cuando se desmontan unidades eficaces, cuando no se dan explicaciones convincentes y cuando el ciudadano percibe que las prioridades políticas van por otro lado, el mensaje que se envía es devastador.

Sin responsabilidades políticas no hay Estado fuerte

La degradación institucional no se mide solo por la presencia del crimen. Se mide también por la ausencia de responsabilidades.

En el programa se señaló que el presidente del Gobierno no asume responsabilidades políticas y se puso como ejemplo que el ministro de Transportes siguiera en su puesto tras el accidente de Adamuz. Se habló de 46 muertos y de la acusación de que incluso se llevaron pruebas del accidente para intentar tapar que se habría producido por falta de mantenimiento.

Son palabras muy graves. Pero precisamente por eso merecen ser tratadas en el plano que corresponde: el de la responsabilidad política, la transparencia y la exigencia institucional.

Un país no se hunde de golpe. Se deteriora cuando cada escándalo queda sin coste. Cuando cada fallo se tapa con propaganda. Cuando cada crisis se convierte en una operación de imagen. Cuando se impone la costumbre de que nadie dimite, nadie explica y nadie paga.

La comparación que debería preocuparnos

En la conversación apareció una comparación con escenarios de degradación estatal. Se recordó que Venezuela es presentada como un narcoestado, con más de narco que de Estado, y se advirtió de que España no está en ese punto. Esa diferencia es importante. No conviene confundir realidades ni convertir la comparación en una coartada retórica.

Pero tampoco conviene cerrar los ojos.

La advertencia del Capitán General de los Tercios no desplaza el foco hacia Venezuela: lo devuelve a España. A nuestra seguridad interior. A nuestros puertos. A nuestras unidades antidroga. A la corrupción. A la responsabilidad política. A la pregunta esencial: si el Estado se debilita, ¿quién ocupa su lugar?

Y la respuesta, cuando hablamos de narcotráfico, suele ser siempre la misma: lo ocupan quienes tienen dinero ilegal, redes, miedo y capacidad de corromper.

Por eso la frase merece ser escuchada completa y sin anestesia: “España va camino de ser un narcoestado y formar parte del tercer mundo”. No como una sentencia inevitable, sino como una alarma.

Una alarma sobre lo que ocurre cuando se normaliza la corrupción, se retrasan ayudas, se desmantelan unidades antidroga y no se asumen responsabilidades. Una alarma sobre lo que pasa cuando el crimen organizado percibe que enfrente tiene un Estado cansado, dividido o distraído.

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