Las subvenciones culturales y la serie de Eduardo Casanova

Eduardo Casanova | Gtres
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Hoy quiero reflexionar sobre un fenómeno que, más que cultural, es estructural: las subvenciones públicas que sostienen un cine que nadie ve, pero que siempre encuentra dinero del Estado. Y la conversación surgió a raíz de la nueva serie de Eduardo Casanova: Silencio —una historia de vampiras lesbianas con sida que hablan en lenguaje inclusivo en pleno siglo XIV.

No es una broma. Es literal.

En su anterior película, Piedad, Casanova recibió 300.000 euros públicos. El primer fin de semana la vieron cuatro personas y recaudó 52 euros. Y aun así, la maquinaria subvencionadora siguió funcionando. Porque en España, el arte no lo decide el espectador: lo decide una élite ideológica que premia los contenidos que encajan con su agenda.

Lo decía el cineasta José Luis Rancaño en el programa: la estética puede ser buena, la ficción puede ser libre, pero el problema no es la obra. El problema es que solo se financia una línea creativa: feminismo, inclusividad, activismo LGTB, ecologismo, ideología de género. Todo lo demás, aunque sea brillante, queda fuera.

Y tiene razón: así se mata la creatividad.
Los jóvenes creadores acaban aprendiendo que, si quieren producir, deben adaptarse al menú ideológico que da puntos en las subvenciones. En España, ser “directora”, “productora” o tratar ciertas temáticas otorga más puntuación para recibir dinero público. No importa la calidad. Importa el discurso.

Esto no es apoyo a la cultura. Es adoctrinamiento con dinero del contribuyente.

Lo peor es que mientras estos proyectos reciben cientos de miles, muchos guionistas de talento están sirviendo mesas en un restaurante o trabajando en televisión por dos duros. Porque compiten con productoras que sobreviven gracias a un sistema que premia la mediocridad si es políticamente correcta.

Y el espectador lo sufre: hoy en cualquier plataforma encontrarás que todas las series son iguales. Mismos temas. Mismos mensajes. Mismo patrón ideológico financiado desde arriba.

La cultura deja de ser cultura cuando se convierte en un instrumento del poder.
Y en España, por desgracia, llevamos años comprobándolo.

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